Bemvindos a este el que probablemente sea mi último post antes de salir de África. Hoy toca contar la última salida. Finalmente y con generosas raciones de paciencia, suerte y cabeza, conseguí contactar con el famoso horno en la ciudad de Nampula, capital de la región que lleva el mismo nombre. Nampula es la tercera ciudad en tamaño de Mozambique y ronda los 500.000 habitantes registrados en el censo, luego estarán los trillones no censados ya que yo por lo menos he visto 250.000 “Nampulenses” en solo una de las calles, ¡qué caos! Será que ya no estoy acostumbrado a las masificaciones urbanas. Desde que os escribí la última vez no ha ocurrido nada especial, aunque he trabajado bastante preparando la última parte del trabajo de campo. Internet ha estado funcionando y me he dado buenas dosis de enredar por la red, cuya velocidad en comparación con la conexión en Holanda es como organizar una carrera de 100 metros lisos enfrentando a Usain Bolt contra la duquesa de Alba y comparar sus marcas. Es reseñable la visita de Flemming Nielsen, un científico y consultor danés afincado en Wageningen que trabaja entre otras 1.500 cosas para una ONG para la cual estoy haciendo el proyecto, en colaboración con la universidad de Wageningen. Él es el responsable de toda la Jatropha en esta zona y su investigación, y vino con mucho trabajo. Como no podía ser de otra manera aquí en Mozambique, se ha ido con la mitad sin poder terminar y no por su culpa, ya que el trabajo que se tenía que haber hecho aquí nunca se llegó a terminar. Me alivió escuchar las palabras de Flemming, desde sus más de 20 años de experiencia en muchos países de África del este: “Mozambique es con diferencia el país más difícil para trabajar en África”. El hecho de que no salgan las cosas, que no se mueva nada ni nadie y que siempre, siempre falle algo es el factor más importante con el que hay que contar en todo momento. He aprendido mucho con él y ha sido una buena experiencia viajar con él, sabe muchísimo sobre cualquier tema.
Hoy la historia comienza el martes y 13 (qué grandes son y cómo se les echa en falta en Nochevieja, por cierto) a eso de las 4,00 am. Esa era la hora prevista de salida y yo, que sin exagerar me llevo de calle el trofeo a la persona más puntual del país, estaba preparadico a las 4 clavadas, una hora en la que apetece bastante poco esperar. No es que no haya aprendido en 3 meses que el retraso medio de un mozambiqueño standard ronda la hora y cuarto, es que el segundo individuo más puntual de la nación es Zacarías, el chofer. Como allí no aparecía ni el tato, decidí echar una coscadica y a las 6, bastante agitado, me fui a buscar a mis compañeros de viaje para echar cuatro gritos. Yo estaba tranquilo porque sabía que la tarde anterior habían dejado el coche preparado, listo, limpio, ready for the battle. Pero estoy en Mozambique, así que forzosamente algo tiene que fallar. Si necesitas el coche para un viaje realmente importante que has estado preparando casi durante un mes, ¿qué es lo que puede ocurrir? Correcto, justo lo que estás pensando…Alguien cogió el coche durante la noche y lo devoró un poquico más. Agua en el tanque de combustible, bomba de diesel sin presión, pierde aceite (el coche también)…Pues al final y tras ladrar un rato consigo que me dejen el camión y a las 8 de la mañana salgo para dos de los campos escoltado por tres desconocidos que en un contundente movimiento de dedo índice pasan a ser mis empleados temporales por un módico precio sin mediar negociación alguna. Qué sensación de poder. Y qué triste es, pero bueno, todos contentos. Mientras trabajábamos duro, Lorenzo (el Sol, para quien no conozca la expresión) planeaba asarnos cuales frangos y tras terminar exhaustos las 2 machambas, retorné a Bilibiza con un agujero negro en el estómago para descubrir que los audaces individuos encargados de solucionar el problema (que no son mecánicos, todo sea dicho) aún no han dado con todos los fallos del Nissan y que aún no podemos salir a las otras machambas. Las luces de alarma se encienden, como en los despachos de Real Madrid al descubrir que no son capaces de ganar ni el prestigioso “Trofeo Ciudad de Vergalijo”, y empiezo a moverme para llevar a cabo el plan C, D o W. Me juran que están cerca de finalizar, y aprovecho el lapso para deleitarme con unas suculentas cucharadas de arroz con alubias frías, que deglutí deleitado en menos de 2 minutos. Una vez más, todo un homenaje gastronómico, pero esta historia ya la conté. A mi regreso me alegra ver que ya han terminado las chapuzas necesarias para llevar el coche a Pemba y a Nampula, donde será reparado en condiciones ya que en Pemba no hay taller mecánico fiable, duro pero cierto. Cargo todas mis muestras vegetales, mis mochilas y partimos hacia en Ngeue, donde estuve tomando muestras a contrarreloj ayudado incluso por Flemming y observado de cerca por un ejército de unos 20 mocetes locales que no conseguían entender que hacía un blanco con una katana arrancando plantas. Ya de noche, llegamos al último campo, done tuve que tomar muestras de noche cerrada, lloviendo y con barro hasta las cejas, toda una experiencia. La verdad es que hay momentos en los que me estoy curtiendo que me hubiera gustado inmortalizarlos. Destrozado llegué a casa de Alejandro, María y Cristina que ya viven juntos, a los cuales agradezco de nuevo su hospitalidad. Por cierto, antes de echarme a la cama, me encajé un hamburguesón brutal en el 556, altamente recomendable.

La hora prevista de salida la mañana siguiente eran las 2.30 am, una hora aún menos apetecible si cabe que la del día anterior, realmente hostil. Mientras llovía con la intensidad habitual, cargué de vuelta las jatrophinhas en el maltrecho carro y carretera hacia Nampula, donde llegamos rozando las 7.30 tras disfrutar del bonito paisaje africano y jugarnos la vida en las animadas carreteras mozambicanas. El primer objetivo era encontrar el laboratorio del IIAM. El segundo era encontrar un sitio para pasar las siguientes tres noîtes. Objetivo uno, cumplido en una hora escasa tras unas cuantas preguntas en el ministerio de Agricultura. Otra vez, remarco las tristes ventajas de ser branco en estas tierras. Dejé las muestras en el laboratorio y volví a la ciudad a cumplir el objetivo 2 con la ayuda de la Lonely Planet. De acuerdo a las descripciones de la guía y a su céntrico emplazamiento, elegí el hotel Brazilia. Burdo insulto a la cidade Brasileira. Este tétrico hotel en que estoy escribiendo esta chapa promete sobre el papel baño individual, televisión y aire acondicionado. ¿Qué más puedo pedir viniendo de la jungla? A cambio de 750 meticais por noche (unos 18,75 machacantes europeos), recibo un lúgubre cuarto sin luz en el baño, sin agua en la ducha, la tele rota y el aire acondicionado sin funcionar. Toma. Bueno, al menos un enchufe hay para cargar el móvil y la bombilla me da luz y soporte para mi red mosquitera. Reporto al recepcionista que ficaba más seco que la mandioca la situación del cuarto y me promete una pronta solución, tan pronta que me voy mañana y aquí solo se ha solucionado lo de la ducha, y contento porque más vale. De nuevo, corroboro mi plausible capacidad de adaptación al medio, cinco minutos me bastaron: Los dos primeros los pasé inspeccionado el cuarto, el tercero lo pasé quejándome (me encanta, por si no queda suficientemente patente) y los dos últimos me sobraron para decir en este orden: vaya cuchitril, bueno no está tan mal, y qué a gusto voy a dormir estos días. Paga la uni, igual tenía que haber echado morro e ir a uno bueno, pero no quiero pasarme. El hotel tiene una ventaja que no tiene aquel de 4 estrellas y 100 euros por pernocta: el Shoprite (supermercado enorme con todo) está a 25 metros. De vuelta al laboratorio, fui ayudado por Baltazar y su compañero, gracias a los cuales fui capaz de que todas las 240 muestras durmiesen en caliente (en el horno, guarros) y adelantar un día de trabajo. Puntazo, mozambiqueños eficientes!!! Baltazar estudió 9 años en La Habana y habla cubano perfecto, hinchante. De noche volví al hotel y caí rendido sobre las 19 en la cama de mi ya considerado lujoso alojamiento donde estuve en coma durante 12 reconfortantes horas. A la mañana siguiente esprinté al súper donde me aprovisioné de básicos víveres tales como leche, zumo multifrutas, pan blandurrio, chocolate con leche, galletas escocesas, patatas fritas, fruta y agua. Gozar. Empachado trabajé un ratillo y bajé al laboratorio a controlar cómo iba el proceso de secado de las muestras. Después me pateé la ciudad para conocerla (no tiene nada turístico, nada de nada) y compré alguna capulana. De noche una 2M bien fresca en un garito terrorífico pero auténtico, y de voltereta lateral con doble tirabuzón a la cama a disfrutar un largometraje en el portátil que es una de mis grandes aficiones, un lujo que en Bilibiza no es posible disfrutar. El trabajo del día siguiente se vio complicado al comprobar que el molino para triturar las muestras estaba más sucio que el palo de un gallinero, por lo que tengo que enviar las muestras a Holanda sin moler, por riesgo a que se contaminen. Pesé, clasifiqué y etiqueté las muestras, y después Baltazar me dio una vuelta por la ciudad en su moto para acabar comiendo pollo otra vez en un gracioso local llamado Frango King (Pollo King, jaja). En este mismo instante es viernes noche y me dispongo a tomar una ducha si cae agua y salir en busca de alguna rubia fresca, algún inocente refresco de malta y cebada fermentada, malpensados. Mañana el plan es comprar provisiones en el súper bien sedo, pasar a recoger todas las muestras y viajar a Bilibiza, donde con toda seguridad todo sigue igual, aunque yo ya empezaré a repartir camisetas y calzoncillos por doquier conforme vaya haciendo la maleta para mi cercano regreso. (Actualización: nada de salir el viernes, a la cama para las 21. El domingo, 18 de abril de 2010, aún ficaba en Nampula. Ya ni me quejo, ya es que me da igual. Esta gente es increíble. El coche que se supone que tenía que estar terminado el viernes, estaba supuestamente siendo reparado esa misma mañana. Olé. El sábado me pegué la mañana esperando a que me llamasen del laboratorio para recoger las muestras y la famosa llamada para salir hacia Bilibiza. Nada de eso, me hice amigo del amable recepcionista, quien vive y trabaja a cámara lenta y recorrí la ciudad de nuevo. Si me quedo un día más, me hago guía turístico de Nampula. Conversé con a gente da rua y por la tarde acudí al laboratorio. El tiempo fue bien aprovechado y tras 5 horas de clasificación non-stop, decidí salir a echar unas cañejas de aquellas a medio euro el medio litro acompañado de Helder, quien cayó dormido en los 3 bares que visité. La juerga padre. La mañana del domingo la pasé leyendo y haciendo un esfuerzo por controlar los nervios. Estuve incluso a punto de reservar otra noche más. Después de gozar unas ricas 4 horas practicando lo que con diferencia más he hecho aquí: esperar, recibí la ansiada llamada y partimos rumbo al mato.).
Para concluir, puede ser que pegue decir que ahora es el típico momento de echar la vista atrás como se suele decir y hacer balance. Ahora mismo esto no va a ocurrir, aunque seguro que lo haré y si tengo algo que contar sobre eso, lo plasmaré en otra tediosa edición de “Cosicas de otro mundo“, donde presumiblemente comentaré reflexiones, balances y sensaciones varias acompañadas de agradecimientos. Pero la guerra aún no ha terminado, ni aquí ni allí, y tengo delante muchas batallas por librar y seguro que aún tengo cosicas que contar, así que seguiré dando caña cuando haya tiempo y/o ganas. Hasta entonces, muchos besos y abrazos de Josema. Tamos juntos!







Comentarios recientes